domingo, 19 de abril de 2015

Rato Hood, la leyenda

Toda leyenda se conserva a través de la tradición oral entre los hombres de bien. Que la utilizan para enseñar a sus hijos los valores que deben incorporar como parte de la historia patria. Estas leyendas pertenecen al folclore y por ello son moralizantes y forman parte de la sabiduría popular.  Hoy le queremos relatar la nueva leyenda del Robin Hood del siglo XXI.
Rodri, como lo llamaba su abuela materna con cariño, nació en una aldea donde su padre le enseñó las primeras letras y los rudimentos del oficio. Ya a los tres años sumaba y multiplicaba, pero aprender a restar y dividir le llevó varios años. Absorbió en el prístino manantial familiar los valores éticos y morales requeridos para esa profesión. Con el padre hizo los primeros pinitos como aprendiz de artesano, al año de experiencia fabricaba unos bancos preciosos. Fue tal el éxito que el padre inició una industria familiar y se especializó en esos artilugios. Lo vendían y colocaban en las ciudades que le ofrecían buenos intereses. Ayudó a los amigos que se convirtieron en sus socios y colaboradores. Pero el gobierno dictatorial del momento apresó al padre por fraude y Rodri preventivamente se cobijó a la sombra del buen árbol de la política.
En ese ambiente tan monacal y puritano el aspirante a gran Visir se fijó en sus habilidades de artesano y lo nombró su ayudante en sus proyectos políticos. Trabajó años muy cerca del Visir, logró fama y ascensos entre los cortesanos. Llegó a ocupar un alto cargo en la administración del reino. Y entre sus logros se cuenta que inició con el Visir la gran burbuja inmobiliaria, que generó unos años de bonanza, y fue reconocido como el padre del milagro económico, donde logró que los empresarios colaboraran con el partido, que la clase media, campesinos, obreros y funcionarios pagaran los nuevos impuestos. Hizo favores a muchos hombres fuertes del régimen y de ahí le venía la fama de Robin Hood, porque había bonanza, el pueblo pagaba sus impuestos y todos sus amigos y asociados se enriquecían y lo idolatraban.
Pero cuando llegó el momento del nombramiento del nuevo Comendador del reino el Visir señaló con el dedo a un tal Mariano, gallego sin encanto, con gafas y con una mueca de asco permanente. Desencantado se fue de jefe máximo a uno de esos negocios de fondos monetarios internacionales. Estuvo unos pocos años como alma en pena y sufriendo un castigo injusto. Nunca se entendió con esos infieles que lo acogieron esos años. Y en la primera oportunidad que vio aparecer, volvió y negoció con el Nuevo Visir un cargo importante.
Aprovechando el cargo, se inventó bonos, compensaciones y prebendas para los socios y altos funcionarios que lo acompañaron. Convenció a los obreros y los ancianos jubilados para que invirtieran sus ahorros de toda la vida en sus fondos preferentes. Exportó varios de sus negocios a sitios paradisíacos, en los Pirineos, en los Alpes y en el Caribe. Siguió creando riquezas, pero levantó muchas envidias y quisieron culparlo de la crisis que llegó junto a los años de las vacas flacas. Los mediocres, que no entendían que era un banco ni cómo gestionarlo, se dedicaron a inventar rumores a diestra y siniestra. Sobre todo a siniestra donde estaban los más rencorosos.
Generosamente habilitó un mecanismo a través del cual su negocio salió a bolsa y todos los vecinos podían adquirir acciones y enriquecerse. Todos podían tener su propio banco. Pero la vida es muy injusta. Las leyendas y los héroes producen rechazo y los enemigos lo atacaron y muchos amigos le dieron la espalda. Los codiciosos lo denunciaron. Aparecieron por arte de magia unas tarjetas negras. Lo acusaron injustamente de maquillaje de informes y de evasión de impuestos. Los obreros y los ancianos desagradecidos reclamaban sus ahorros. En la calle le gritaban “chorizo y ladrón”  Una noche lo detuvieron y agentes facinerosos de aduanas registraron su casa y su despacho y lograron meterlo preso.  Pero…
Moraleja: Nuestro héroe solo estuvo preso un RATO.


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