Toda leyenda se conserva a través de
la tradición oral entre los hombres de bien. Que la utilizan para enseñar a sus
hijos los valores que deben incorporar como parte de la historia patria. Estas leyendas
pertenecen al folclore y por ello son moralizantes y forman parte de la
sabiduría popular. Hoy le queremos
relatar la nueva leyenda del Robin Hood del siglo XXI.
Rodri, como lo llamaba su abuela
materna con cariño, nació en una aldea donde su padre le enseñó las primeras
letras y los rudimentos del oficio. Ya a los tres años sumaba y multiplicaba,
pero aprender a restar y dividir le llevó varios años. Absorbió en el prístino
manantial familiar los valores éticos y morales requeridos para esa profesión. Con
el padre hizo los primeros pinitos como aprendiz de artesano, al año de
experiencia fabricaba unos bancos preciosos. Fue tal el éxito que el padre
inició una industria familiar y se especializó en esos artilugios. Lo vendían y
colocaban en las ciudades que le ofrecían buenos intereses. Ayudó a los amigos que
se convirtieron en sus socios y colaboradores. Pero el gobierno dictatorial del
momento apresó al padre por fraude y Rodri preventivamente se cobijó a la
sombra del buen árbol de la política.
En ese ambiente tan monacal y puritano
el aspirante a gran Visir se fijó en sus habilidades de artesano y lo nombró su
ayudante en sus proyectos políticos. Trabajó años muy cerca del Visir, logró
fama y ascensos entre los cortesanos. Llegó a ocupar un alto cargo en la
administración del reino. Y entre sus logros se cuenta que inició con el Visir
la gran burbuja inmobiliaria, que generó unos años de bonanza, y fue reconocido
como el padre del milagro económico, donde logró que los empresarios
colaboraran con el partido, que la clase media, campesinos, obreros y funcionarios
pagaran los nuevos impuestos. Hizo favores a muchos hombres fuertes del régimen
y de ahí le venía la fama de Robin Hood, porque había bonanza, el pueblo pagaba
sus impuestos y todos sus amigos y asociados se enriquecían y lo idolatraban.
Pero cuando llegó el momento del
nombramiento del nuevo Comendador del reino el Visir señaló con el dedo a un
tal Mariano, gallego sin encanto, con gafas y con una mueca de asco permanente.
Desencantado se fue de jefe máximo a uno de esos negocios de fondos monetarios internacionales.
Estuvo unos pocos años como alma en pena y sufriendo un castigo injusto. Nunca
se entendió con esos infieles que lo acogieron esos años. Y en la primera
oportunidad que vio aparecer, volvió y negoció con el Nuevo Visir un cargo
importante.
Aprovechando el cargo, se inventó
bonos, compensaciones y prebendas para los socios y altos funcionarios que lo
acompañaron. Convenció a los obreros y los ancianos jubilados para que
invirtieran sus ahorros de toda la vida en sus fondos preferentes. Exportó
varios de sus negocios a sitios paradisíacos, en los Pirineos, en los Alpes y
en el Caribe. Siguió creando riquezas, pero levantó muchas envidias y quisieron
culparlo de la crisis que llegó junto a los años de las vacas flacas. Los
mediocres, que no entendían que era un banco ni cómo gestionarlo, se dedicaron a
inventar rumores a diestra y siniestra. Sobre todo a siniestra donde estaban
los más rencorosos.
Generosamente habilitó un mecanismo a
través del cual su negocio salió a bolsa y todos los vecinos podían adquirir
acciones y enriquecerse. Todos podían
tener su propio banco. Pero la vida es muy injusta. Las leyendas y los
héroes producen rechazo y los enemigos lo atacaron y muchos amigos le dieron la
espalda. Los codiciosos lo denunciaron. Aparecieron por arte de magia unas
tarjetas negras. Lo acusaron injustamente de maquillaje de informes y de
evasión de impuestos. Los obreros y los ancianos desagradecidos reclamaban sus
ahorros. En la calle le gritaban “chorizo
y ladrón” Una noche lo detuvieron y
agentes facinerosos de aduanas registraron su casa y su despacho y lograron
meterlo preso. Pero…
Moraleja: Nuestro héroe solo estuvo
preso un RATO.