Nota: Relato para ser leído en hora de adultos
Tengo un corta viento que me
gusta, de esas cosas que no queremos botar así estén viejas y raídas, como un
par de pantuflas usadas, que sentimos como parte de la familia. En este caso es
un corta viento delgadito, de color azul claro, que bien doblado me cabe en un
bolsillo, que compré el año 82 en la tienda de los estudiantes de la
universidad de Berkeley California. Como pueden ver tiene 40 años y solo me
costó 4 dólares de la época. ¿Cómo voy a botarlo?
Pues el maldito Pepe Grillo me
despertó anoche en la madrugada insistiendo que lo había dejado en la playa
cuando estábamos lavándonos los pies al terminar nuestra caminata por la playa
de Salinas. Pepe grillo les recuerdo que es esa mala consciencia, o ese
argentinito que tenemos todos por dentro, que nos recuerda, bueno, por lo menos
a mí me recuerda mientras duermo todas las cosas pendientes del día, errores
cometidos, cosas inconvenientes que dije o respuestas que faltaron y todos los aspectos
negativos del acontecer diario. Por eso digo que es argentino.
Lo tengo en la puerta del carro,
perdón del coche, me refiero al corta viento no a Pepe Grillo, junto con una
pequeña bufanda pensando en emergencias, si hace frio la bufanda al cuello, y
si hay viento el corta viento para protegerme de los resfriados. Y cuando hay
mucho viento en la playa lo suelo usar para poder caminar una hora sin
enfriarme, lo que tuvimos que hacer ayer que había ráfagas de más de 30 km/h y
te puedes enfriar muy fácilmente. Siempre al terminar de caminar descalzos nos
lavamos los pies en un chorrito especialmente diseñado para eso. Y recuerdo que
me quite el corta viento y lo doble para guardarlo en el automóvil y lo deje en
el banco a mi lado. Pues el hijo de puta de Pepe grillo me despierta a las 3:30
am insinuando que lo deje en el banco.
Por supuesto intentando recordar
no estás seguro. Ocurre como cuando te estas duchando distraído y al terminar
que empiezas a secarte te entra la duda si te has enjabonado bien los huevos, o
como decía mi hermana Evelyn “los cuas y los recuas” y por supuesto tampoco
estás seguro, ni de la enjabonada correcta, ni si lo metí en su sitio en la
puerta del coche.
Después de sopesar la posibilidad
de bajar en piyama al sótano de madrugada para ver si lo tengo en la puerta del
carro, decido mandar al carajo a Pepe Grillo y seguir durmiendo. Me llevó media
hora pero lo logré.
Tranquilos, esta mañana al salir
a caminar estaba en el coche.
Maldito sea Pepe Grillo.