Estrategia incoherente
Cuando se iniciaba la campaña electoral cada partido tomaba posición en la capital y en cada ciudad importante. Donde se improvisaba una especie de escenario, con andamios, con altavoces y micrófonos, con los colores, afiches, propaganda, pendones, banderas y alguna imagen grande que adornara e identificara al partido posicionado. El Bastión o cuartel o guarida debería ser un cruce de avenidas céntricas, o una plaza, siempre una zona o sector que fuera emblemático de lo que representaban. Los Social demócratas tomaban una avenida que terminaba en dos grandes edificios que hacían de escenarios. Los demócratas cristianos tomaban una plaza grande, llamativa realmente un sitio que pudiera albergar a varios miles de personas y tuviera muy buena acústica. El partido comunista normalmente ilegalizado se reunía en la clandestinidad. Los partidos más a la izquierda tomaban un barrio obrero que representaba la situación de pobreza del país. La extrema derecha se iba a una urbanización prospera. Así cada partido en su sitio. Alrededor del sitio escogido se instalaba una parafernalia de campaña que permitía pasear por las tardes y noches y hablar con líderes comunales o regionales, enterarse de las últimas novedades de la campaña y de los pronósticos electorales.
En mis buenos tiempos de juventud y de actividad política se usaba acudir a esos sitios a escuchar el mitin correspondiente. Los indecisos, los que querían votar y no sabían por quien iban a los mítines de los diversos partidos para decidir a quién darle el voto. Los que estábamos comprometidos con una idea o una facción ya estábamos decididos y acudíamos solo a nuestras barricadas, a los mítines de nuestra gente, los nuestros. Era como ir todos los domingos al Manzanares, como solo lo hacemos los fans del atlético.
Pero los mítines se desarrollaban en un lugar abierto para que cualquiera pudiera asistir, se trataba de conseguir votos, mientras más indecisos asistieran mas votantes podrían ganar. El ambiente generado por banderines, pancartas, lemas o slogans repetidos, canciones y consignas, todo eso ayudaba, la alegría desplegada, la emoción de los grandes oradores que inflamaban a la audiencia y lo hacían corear las consignas. Los grupos de choques, equivalentes a los ultras sur del futbol daban ambiente de campamento guerrero, de epopeya, de reconquista. En cada mitin se conseguía aproximar hacia nuestra idea a un grupo de vecinos y asistentes. Cada uno de ellos un voto.
Pero el 2011 parece que las cosas han cambiado. Los mítines ahora se celebran en una sala de congresos, un salón contratado, espacios enormes, cerrados, bien iluminados, con sistema de sonido comprobado, asientos cómodos y ergonómicos, con toda la tecnología audiovisual disponible, pantallas planas gigantes, video de diseño y todos los participantes casi uniformados, con camisas de un color determinado, con banderines todos iguales (de un proveedor autorizado), también se consiguen o se reparten entre los allegados, pancartas elaboradas en grandes imprentas y así todo demostrando que somos modernos que estamos al día, en la punta de la tecnología y de los adelantos psicológicos y de marketing adecuados a una campaña liderada por especialistas del ramo. Con asesores extranjeros si es posible. Estamos a la última moda.
Pienso que a mi me costaría mucho trabajo ir a un mitin moderno y creo que no asistiría a un mitin de un partido al cual no pertenezco. La sensación que me queda es que seguramente no podría entrar, parece solo para los asociados, los inscritos y activistas del partido. La impresión que da es que no puedes presentarte y querer entrar así sin más, sin presentar el carnet, la entrada adquirida, la invitación protocolar autorizada. Creo que no se puede, Me daría miedo hasta intentarlo.
Como entrar y ponerte a escuchar sin gritar desaforadamente para demostrar tu compromiso, como estar callado escuchando para ver si me interesan las ideas expresadas y el programa propuesto para los próximos años… Es como si estando de visita en otra ciudad compramos una entrada para ver un partido de futbol donde mi equipo favorito esta de visitante y sin darme cuenta el asiento comprado está situado en la mitad de la barra brava del equipo de la casa. Y claro, o me paso el partido muy callado cosa que puede despertar sospechas y ser muy peligroso para la salud o me pongo a gritar consignas como si fuera miembro activo de la barra brava, cosa que también puede ser peligroso si alguien se mosquea. Y de repente oigo que me corrigen:
No, estás equivocado. Un mitin no se hace para eso.
Eso era antes, en la época diluviana. Lo moderno, lo “Guay” lo que mola ahora, es hacer una demostración de fuerza, para que la opinión pública sepa que somos muchos, que vamos a ganar. Es una demostración de nuestra capacidad de organización y logística a nivel nacional. Si lo hacemos bien demostramos que podemos manejar el país.
Demostrar que somos capaces de llenar ese salón gigantesco y además estaba todo lleno de banderas, y pancartas nuestras, todo del color adecuado. Donde un orador expresa con vehemencia, entre aplausos nuestras consignas y frases altisonantes previamente preparadas por su equipo de redacción. Donde además ataca a los adversarios y demuestra sus puntos débiles. Todos aplauden y cualquier televidente se dará cuanta que somos los ganadores.
Además lo hemos logrado durante más de treinta días seguidos, en cada capital de provincia, en cada ciudad seleccionada. Todos llenos completo, donde hemos ido hemos abarrotado los espacios y hemos demostrado que somos los primeros y que somos más que ellos. Los videos son preciosos, las banderas y las pancartas muy bien realizadas y no me negarás que las consignas y los slogans han sido todo un éxito. Todo el mundo las repite. Hemos gastado millones para hacerlo tan bien.
Millones para aparentar éxito. Bueno, creo que perdieron más de cuatro millones de votos, pero, ¿valió la pena? ¿Es la estrategia correcta? ¿Tiene sentido?
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