Oyendo a los políticos o
tertulianos discutiendo sobre los recortes del gobierno de Rajoy recordé mis
años de juventud, la década del sesenta, estudiando en Venezuela con los
jesuitas y posteriormente estudios universitarios en la Universidad Central de
Venezuela donde tras la caída de la dictadura del General Marcos Pérez Jiménez
había una efervescencia democrática que trajo la pugna ideológica a la vida
universitaria.
Competían tres opciones
políticas, dos llamémoslas de derechas: la democracia cristiana (con el apoyo
franco de la iglesia católica) y la social democracia (para algunos
conservadores del momento estos eran comunistas disfrazados) y la izquierda dura
representada por el partido comunista de Venezuela. En la Universidad se luchaban
por el control de los centros de estudiantes de todas las facultades y por la
presidencia de la federación de centros universitarios. Había debates, discursos y mítines en todas
las facultades, colocación de propaganda y el consecuente “quitado” de la propaganda
del contrario, como secuela de esta quitada, había denuncias, peleas, trifulcas,
y todas esas cosas que pueden ocurrírseles a inmaduros veinteañeros apasionados
con las hormonas alborotadas y las pasiones políticas a flor de piel y todo eso
inmerso de un ambiente romántico y quijotesco. (Todos decían lo mismo: Se
luchaba por la salvación del país, se estaba construyendo el futuro de la
nación).
Había los lideres pico
de oro, que daban mítines incendiarios con una oratoria privilegiada,
intelectuales, sociólogos y politólogos que escribían los lineamientos y
panfletos electorales, y describían el amanecer de la nueva patria. Estábamos también las grandes masas de
compañeros dispuestos a colaborar y las bandas de cabilleros que se encargaban
de destruir propaganda o alejar a palos a los oponentes de una asamblea, igual
a los ultra sur del fútbol actual.
Se iniciaba la
democracia en Venezuela, se reprimió al partido comunista que terminó ilegalizado
y en las guerrillas y los partidos de derechas se alternaron en el poder del
país durante cuarenta años.
En los comienzos de esa
pugna hubo una gran discusión ideológica, donde se hablaba de la doctrina
social de la iglesia, del libre albedrío de la libertad y de los derechos humanos
en general, de la solidaridad y de la democracia. Cosas que ya se han olvidado.
Fue ocurriendo poco a
poco, cada vez menos ideas y más pragmatismo, que llevó al oportunismo, y a que
reinaran los partidos, se olvidaron del país y de la gente. Para los políticos
pasó a ser el partido más importante que la gente. Y con el tiempo prevaleció
sobre el partido el beneficio personal: Yo, y arriba de yo mi sombrero. Y se acabo la esperanza.
Y ese mismo olvido parece
ha ocurrido en España en estos 37 años contados desde que se inició la
transición con la muerte de Franco… Ahora los partidos demócratas cristianos
parecen partidos nacionalistas, y los social demócratas se confunden con los
conservadores liberales. Y todos peleándose por el poder. Por las prerrogativas
y los privilegios que han obtenido. Poder para repartirse los beneficios entre
los miembros del partido, del sindicato, de la cofradía, de las asociaciones de
empresarios.
Se olvidan de la gente,
se olvidan de lo que significa la democracia, de la libertad y de todo. Se
olvidan de la doctrina social de la iglesia.
Lo ha olvidado hasta la
iglesia y sobretodo lo ha olvidado la conferencia episcopal. Que contemplativa
y silenciosa ver resurgir la avaricia y el egoísmo en todos los escaños de la
sociedad.
Parece que la única esperanza
que nos queda es el papa. ¡Que viva Francisco!