Hace poco en el país semanal leí un comentario que decía:
que una parte de la población española no había tenido pueblo en su infancia.
El desarrollo económico, el progreso ha llevado las familias a las ciudades, la
educación pública para todos ha llevado a los jóvenes a las universidades e institutos
de artes y oficios. Son urbanitas, se han criado en barrios de ciudades
modernas, han ido al colegio, algunos a institutos más avanzados y se han
educado e instruido en lo que corresponde al mundo moderno citadino.
Me incluyo en los urbanitas. No hemos criado ni cuidado animales,
pollos, conejos, cerdos, vacas. No hemos sembrado, regado ni cultivado patatas,
coles, berzas, zanahorias, lechugas, tomates, ni lentejas. Ni hemos podado o
recolectado de árboles frutales, manzanos, melocotoneros, ciruelos, olivos, castaños,
ni siquiera recogimos avellanas o nueces. No hablemos de matanzas de cerdos, elaboración
de morcilla y embutidos, secados de jamones o elaboración de sidra, ni muchas
cosas más que sabían hacer la abuela y el abuelo. Todo eso lo perdimos al
emigrar del pueblo a la ciudad.
Las casas de pueblo han quedado como segunda vivienda para
los veranos o para las celebraciones familiares porque es el único sitio donde
caben todos.
La crisis reciente ha recompuesto parte de este éxodo citadino.
Algunas, quizás muchas o demasiadas parejas jóvenes se han visto obligados a
volver a la casa paterna, primero en la ciudad, pero era muy pequeña, no cabían
los hijos, y los nietos, y algunos han vuelto a la casa de los abuelos, al
pueblo. Pero no conocen, no saben, no aprendieron de jóvenes como se vive en un
pueblo, todas esos aprendizajes o vivencias existenciales les falta. Las necesitan.
23 de enero 2018
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