martes, 16 de abril de 2019

De la vida real y del imserso


Estábamos llegando a Mallorca, ya habían ocurrido todos esos pequeños detalles que deben ocurrir en un viaje de un grupo de paisanos asturianos, que llegan a tierra conquistada. Que hay retraso, que nos montan en bus para llevarnos al avión, sin gusano es más económico y al llegar a Mallorca igual, que tiran las maletas al suelo, que en el aeropuerto nos hicieron caminar como borregos para buscar las maletas, que nadie informa nada, que si patatín y que patatán. Dos matrimonios que no llegan al bus...

Por fin salimos hacia el hotel, nos informan que llegamos más de una hora tarde y al llegar ya no hay cena, la cocina cerró a las 9:30 pm, primero a anotarse en el hotel y después a las 10 o 10:30 nos prepararán una cena fría y lo dicen casi como si fuera culpa nuestra haber llegado a esa hora, seguimos con las quejas sobre el trato y la poca amabilidad de estos mallorquines.

Ya instalados continúa la realidad:  el baño es estrecho, el papel higiénico de mala calidad. No hay suficientes gavetas para colocar la ropa, la puerta del armario está trabada, la televisión tiene canales en inglés, alemán, italiano, hasta ruso y griego, pero no aparece la que nos gusta.

Pero nos instalamos, bajamos a cenar, seguimos con la queja para mantener la tradición, no hay ni una infusión caliente, no hay fruta, no hay, no hay. Nos acostamos a dormir después de un pequeño paseo recorriendo el hotel y hasta mañana.

La realidad de la vida del IMSERSO tiene estos detalles y otro más intenso: la vejez que nunca ha sido divertida, pero los viejos seguimos insistiendo y nos levantamos, nos duchamos y bajamos a desayunar, ya todos tranquilos, y nada más entrar me pasa un tío con un plato lleno de tocineta (aquí le dicen beicon) y lo sigo como Pluto siguiendo la estela de un olor agradable, me regañan enseguida, ¡Epa!  nada de eso acuérdate del colesterol.

Me detengo parcialmente y me tropieza otro tío con un plato con dos huevos fritos y un grupo de salchichas preciosas, me hago el loco, tomó un plato y sigo la estela olorosa de grasas saturadas. Al llegar a la mesa con mis huevos revueltos, salchichas de tres tipos y beicon y ella con frutas variadas y con cara avinagrada de crítica pura. Me lo como sin prestar atención al sermón sobre la buena alimentación y los peligros del Alzheimer.

Terminado el desayuno salimos a recorrer Santa Ponça, nos encontramos un pequeño pinar muy bonito que corre paralelo a la playa y ahí le señalo:
-  Fíjate dónde está ese... Y no me sale la palabra que busco, ese pájaro que ensucia, ese que es un incordio.
-     Paloma,
-    Joder, no, el que es grande, blanco y agresivo. Y ella empieza a relacionar mi falta de memoria con las salchichas y el beicon.
-     Decido acercarla y señalar el pájaro, ¿cómo se llama ese pájaro?
-   Se queda callada pensando pero yo insisto, anda dime ¿cómo se llama? Y ella tampoco lo recuerda, no le viene el nombre y se queja también.
-   Pero tú comes fruta, verduras, vegetales y tampoco lo recuerdas ¡Aja!  Queda demostrado: el beicon y las salchichas son inocentes y la fruta y las verduras están imputadas.

Son problemas del IMSERSO, así lo llamamos ahora,

Seguimos riendo, paseamos por la playa, los alrededores y ya a una hora apropiada para volver al hotel, iniciamos el regreso, consultando el mapa, salto y le digo:

-        ¡Coño! GAVIOTA. Ya recordé. El pájaro era una gaviota


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