Yo tendría unos doce años, teníamos una acción del club
Puerto Azul, un club de playa en Naiguatá, donde todavía no se había desarrollado
nada de las grandes infraestructuras futuras. Solo había un estacionamiento con
un vestuario de estructura provisional donde cambiarse de ropa, con baños y
duchas adosado al bar restaurante donde se podía comer a un precio más o menos
económico en un gran bosque de cocoteros
y un malecón en forma de ele que entraba en el mar formando dos playas, una oceánica
con olas y otra para la marina deportiva, sin olas, para niños.
Íbamos equipados con todo, mesa de camping, cesta con
comida, cava-nevera con refrescos y hielo, la tortilla, los sándwich, ensalada,
etc. En varias bolsas toallas, trajes de baño, máscaras, chapaletas, colchón inflable
y llegando temprano podías tomar posesión de una zona sombreada, bajo cocoteros
y en la primera línea de playa, donde colocabas tus sillas alquiladas viendo al
mar y ahí te pasabas todo el día.
La norma familiar después de comer, aunque solo fuera un sándwich
y un refresco, había que esperar una hora mínimo para hacer la digestión, y
resignado te instalabas en una silla viendo el mar o te ponías a hacer
castillos de arena mientras pasaba el tiempo de reclusión. Una tarde después de
almorzar a unos veinte metros de nuestra sombra, llega un matrimonio joven que
por lo que hablaban clasificamos de extranjeros, iban con dos niños varones de
dos y cuatro años en traje de baño y camiseta blanca sin mangas y un perro bóxer
leonado. Cuál no sería nuestra sorpresa cuando por los gestos entendemos que
dejarían los niños y el perro en la orilla de la playa y se iban a comer al bar
restaurante. Comentamos lo absurdo e imprudente de la decisión, los niños
jugaban sentados en la orilla del mar, el agua les mojaba los pies y el perro
sentado quieto detrás de los dos niños.
La primera media hora solo vimos al perro vigilar, si venia
alguna persona caminando el perro cambiaba su sitio de vigilancia y se sentaba
en la línea por donde venía la persona, como obstaculizando el acceso a los
niños, no amenazaba simplemente sentado interrumpiendo y con la vista fija en
el visitante, quien al ver al perro se desviaba de su ruta y esquivaba al perro
y a los niños, el perro volvía a su lugar.
Viendo esta demostración de adiestramiento perruno nos
concentramos en el espectáculo. Esta supervisión de los extraños la realizó
tres o cuatro veces, pero llegado un momento se nota que el niño mayor, más
inquieto, se levanta y se adentra con el agua al tobillo, inmediatamente el bóxer
se mete en el agua y empuja suavemente con el hocico al niño haciéndolo salir
del agua. Y de nuevo a su posición de vigilancia. Pasaba el tiempo, ya más de
una hora y de nuevo se levanta el niño mayor, rápidamente el bóxer repite el
trabajo de salvamento, pero esta vez el niño se resiste y empuja al perro, que
lo intenta varias veces, ya no tan suave empujándolo fuera del agua, el niño
molesto empuja al perro y se niega a salir. El bóxer da la vuelta, lo agarra
por la camiseta a la altura de la nuca y lo hala de forma que el niño cae
sentado y lo arrastra hasta la arena seca. Lo suelta se da la vuelta y lo
enfrenta nariz con nariz como regañándole. El niño hace un gesto de resignación
y se coloca de nuevo sentado al lado de su hermano a jugar. El bóxer vuelve a
su lugar de vigilancia.
Unos minutos después de repente el bóxer se pone a saltar
contento y corriendo alrededor de los niños, feliz llegaban los padres y
terminaba su obligación, y el bóxer lo celebraba a lo grande. Nosotros también descansamos
del esfuerzo en apoyo al perro.
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