viernes, 7 de junio de 2019

Perros niñeras


Yo tendría unos doce años, teníamos una acción del club Puerto Azul, un club de playa en Naiguatá, donde todavía no se había desarrollado nada de las grandes infraestructuras futuras. Solo había un estacionamiento con un vestuario de estructura provisional donde cambiarse de ropa, con baños y duchas adosado al bar restaurante donde se podía comer a un precio más o menos económico en un gran bosque de  cocoteros y un malecón en forma de ele que entraba en el mar formando dos playas, una oceánica con olas y otra para la marina deportiva, sin olas, para niños.
Íbamos equipados con todo, mesa de camping, cesta con comida, cava-nevera con refrescos y hielo, la tortilla, los sándwich, ensalada, etc. En varias bolsas toallas, trajes de baño, máscaras, chapaletas, colchón inflable y llegando temprano podías tomar posesión de una zona sombreada, bajo cocoteros y en la primera línea de playa, donde colocabas tus sillas alquiladas viendo al mar y ahí te pasabas todo el día.
La norma familiar después de comer, aunque solo fuera un sándwich y un refresco, había que esperar una hora mínimo para hacer la digestión, y resignado te instalabas en una silla viendo el mar o te ponías a hacer castillos de arena mientras pasaba el tiempo de reclusión. Una tarde después de almorzar a unos veinte metros de nuestra sombra, llega un matrimonio joven que por lo que hablaban clasificamos de extranjeros, iban con dos niños varones de dos y cuatro años en traje de baño y camiseta blanca sin mangas y un perro bóxer leonado. Cuál no sería nuestra sorpresa cuando por los gestos entendemos que dejarían los niños y el perro en la orilla de la playa y se iban a comer al bar restaurante. Comentamos lo absurdo e imprudente de la decisión, los niños jugaban sentados en la orilla del mar, el agua les mojaba los pies y el perro sentado quieto detrás de los dos niños.
La primera media hora solo vimos al perro vigilar, si venia alguna persona caminando el perro cambiaba su sitio de vigilancia y se sentaba en la línea por donde venía la persona, como obstaculizando el acceso a los niños, no amenazaba simplemente sentado interrumpiendo y con la vista fija en el visitante, quien al ver al perro se desviaba de su ruta y esquivaba al perro y a los niños, el perro volvía a su lugar.
Viendo esta demostración de adiestramiento perruno nos concentramos en el espectáculo. Esta supervisión de los extraños la realizó tres o cuatro veces, pero llegado un momento se nota que el niño mayor, más inquieto, se levanta y se adentra con el agua al tobillo, inmediatamente el bóxer se mete en el agua y empuja suavemente con el hocico al niño haciéndolo salir del agua. Y de nuevo a su posición de vigilancia. Pasaba el tiempo, ya más de una hora y de nuevo se levanta el niño mayor, rápidamente el bóxer repite el trabajo de salvamento, pero esta vez el niño se resiste y empuja al perro, que lo intenta varias veces, ya no tan suave empujándolo fuera del agua, el niño molesto empuja al perro y se niega a salir. El bóxer da la vuelta, lo agarra por la camiseta a la altura de la nuca y lo hala de forma que el niño cae sentado y lo arrastra hasta la arena seca. Lo suelta se da la vuelta y lo enfrenta nariz con nariz como regañándole. El niño hace un gesto de resignación y se coloca de nuevo sentado al lado de su hermano a jugar. El bóxer vuelve a su lugar de vigilancia.
Unos minutos después de repente el bóxer se pone a saltar contento y corriendo alrededor de los niños, feliz llegaban los padres y terminaba su obligación, y el bóxer lo celebraba a lo grande. Nosotros también descansamos del esfuerzo en apoyo al perro.



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