Se dice por ahí: Hay
que tener cierta pasta para rectificar. No todos la tienen.
Rectificar implica
muchas veces reconocer el error, es parte de un proceso natural y racional:
Veamos algún modelo teórico que pueda
ayudarnos: el
Ciclo D-P-A-E. Hacemos
un diagnóstico de la situación (D), planificamos una solución (P), tomamos una
decisión y la llevamos a cabo a través de una acción (A), y momentos
después evaluamos los resultados (E) que
en el fondo es un nuevo diagnóstico.
Al evaluar tenemos
dos posibilidades: ha sido un éxito, en ese caso continuamos con las medidas
previstas en lo planificado; o nos damos cuenta que no se logra lo buscado en
la planificación, eso implica que debemos rectificar para eso hacemos un nuevo
diagnóstico, y reiniciamos el proceso.
Pero lo que vemos
en la política es distinto. No hay político que rectifique, ni dimite, ni se
excusa, ni pide perdón, nada de nada. Siempre huyendo hacia adelante. Prefieren
disimular, encubrir, ocultar, hacerse el loco o el sueco, justifican sus
acciones, relativizan el hecho, lo llaman echar balones fuera, y si pueden le
echan la culpa al otro, al contrario, o al cuñado.
En el medio
católico se llaman pecados y se habla del sacramento de la confesión, siempre será
difícil. Implica un examen de conciencia, propósito de enmienda, decir los
pecados al confesor y cumplir la penitencia. Y aunque la mayoría de nuestros
políticos o por lo menos la mitad dice ser católico, parece que esta costumbre
solo se usa de la iglesia para dentro. ¡Que lastima!
Lo peor es que
esta tradición de no rectificar produce muchos daños dentro de la organización,
porque a veces es tan obvio que todos los analistas y contertulios lo comentan,
todos los canales de tv y todas las radios lo han repetido… Las encuestas
reflejan la pérdida de votos. Pero no todos manejan la culpa igual, a unos les
rebota, otros se la sudan como se dice vulgarmente, unos pocos lo sienten y
quieren rectificar, otros no entienden que pasa, y esas diferencias siempre
generan grietas internas. Algunas grietas grandes terminan con dimisiones de
militantes, renuncias de directivos, enfrentamientos entre sectores, que
conllevan expulsiones por la crudeza y violencia de las discusiones y a veces
termina en cisma del partido.
Pero un partido
fuerte y bien organizado para evitar daños mayores declara que lo importante es
la disciplina de partido. ¡Todos a callar! Y ahí perdieron todos y perdió la
democracia. ¡Que lastima!
Los que callan, los
que obedecen comentan entre ellos: Los que se fueron es porque se lo buscaron.
Se empeñaron en rectificar. No aceptaban la disciplina del partido. No se
callaron. Se necesita “otra pasta” para
sobrevivir.
De nuevo: ¡Que
lastima!