Leyendo la última
novela de Isabel Allende, Largo pétalo de mar me he encontrado una frase que me
produjo un gran impacto. Un personaje explica que:
“jamás
sucumbía al sentimentalismo de los desterrados, nada de mirar hacia atrás ni
idealizar a una España que ya no existía. Por algo se habían ido.” (*)
Desde que emigramos en 2007 me ha
quedado la molestia de sentir que he traicionado a mi patria, la he abandonado,
renunciando a la responsabilidad adquirida como ciudadano. Me costó años no
sufrir leyendo las noticias de lo que ocurría en Venezuela. Lo resolví no
queriendo saber lo que pasaba, ocultando la cabeza como el avestruz y debo
reconocer que alivio mis primeros años de emigrante, ya más adelante sin tanto
dolor he podido leer, pensar, analizar lo que ocurre y he ganado mucho en
ecuanimidad. He logrado contener el odio y la rabia que me permite pensar sin
tanta emoción que te desborda el sentido. Aunque reconozco que a veces se
escapa la emoción, los berrinches y arrecheras, propios de la edad y muy
seguido en opinión de mi mujer, pero siempre por descuido de la razón que se
distrae por momentos.
Partiendo de la premisa que todos
y cada uno tiene incorporado una visión del mundo y del hombre y por lo tanto
tiene una posición política determinada, puedo entender lo que ocurre, analizar
sus causas, ver sus consecuencias, sin meter la emoción en el medio. Puedo o
siento que puedo aislándome del emotivo blanco o negro, ver tonos de grises
intermedios, puedo desapasionadamente leer, analizar y opinar que hay de verdad
en esa realidad distorsionada que circula en los medios de comunicación y en
las redes sociales, muchas de ellas alimentada por objetivos no muy ético ni
moralmente justificables. Puedo entender los prejuicios y las intenciones que
ocultan vehemente defensores de la moral y las buenas costumbres, puedo sentir
la mala leche en muchos expositores de denuncias que se apropian de la bandera,
del territorio y de la verdad absoluta.
Ahora cuando decido opinar en las
redes sociales y grupos de WhatsApp discrepo de bastante amigos y conocidos, me
califican rápidamente de adversario político o me llaman traidor y chavista, o
en España se empeñan en asociarme a Podemos y a Iglesias, cosa que aunque siento
como el mayor de los agravios entiendo que los mueve a pensar y a agredir de
esa forma. Es parte del desastre que provoca la división de un país por el
populismo irresponsable, sumado al efecto de las campañas malintencionadas de opinión
en las redes sociales y el manejo de la política de personas que no son muy
demócratas o que nunca han entendido la democracia.
También debo reconocer que algunos
amigos me apoyan en silencio o me recomiendan: “no te metas que no vale la pena”
pero tarde o temprano no aguanto y me meto, porque si vale la pena, es
importante aprender a separar la emoción de la razón, poder pensar con la
cabeza y no solo con el corazón o no solo con las vísceras. Y además quiero a
mis amigos, a todos, los que coinciden conmigo y los que disienten, nunca he
renunciado a un amigo por lo que piensa. Y tengo muchos amigos y hasta
familiares que piensan muy raro desde mi punto de vista pero son los que
enriquecen más la realidad. Yo aprendí hace muchos años a construir con las
diferencias. Mis 37 años en la USB fueron de diversidad, (Universidad= una y
diversa) con Joaquín Páez en 1975 conocí e incorporé aquello de comprender al
otro, de aceptarlo como persona para poder trabajar juntos.
Gracias Joaquín. Gracias amigos y compañeros
de Estudios Libres de la USB. Y como dice la canción: Gracias a la vida que me
ha dado tanto.
(*) Pasaje de: Allende, Isabel. “Largo pétalo de mar.”