La
crisis está llevando a la ruina a miles de pequeños comerciantes que cifraron
su futuro en un pequeño negocio de venta de bienes materiales, ropa, zapatos,
complementos, sombreros, corbatas, para niños, para señoras, para caballeros,
todo ese conjunto de cosas que usamos los seres humanos. Pensando que mientras
existan personas compraran estos objetos que se han hecho necesarios para el
ser humano.
Sí,
así funciona la sociedad occidental, somos consumistas, compramos y compramos
llevados, impulsados por la publicidad, piedra filosofal de los libres mercados
que son la fuente de nuestro confort y nuestro bienestar. Somos lo que
compramos, somos lo que poseemos. Si no tienes el último smartfone no estás en
nada. El nuevo Ipad, el nuevo Kindle, La tele de 3D, el coche hibrido. Si no
tienes el último equipo promocionado por el dios de la publicidad no estás en
nada. Si no has comido en los restaurantes recién ganadores de las estrellas
Michelin, ¡ahí, pobre de ti! Si no tienes un modelito del modisto Garrufio, o
cita con el peluquero Eugenio, o una pañoleta por lo menos de la marca
preferida por el jet set, etc. Si no has asistido a la función benéfica de la
ONG con mayúscula que organiza todos los años la kermés de moda, como dicen en
Pamplona al acabar las fiestas de San Fermín. POBRE DE TI.
El
poder corrompe, eso lo oímos decir y entendemos que es cierto, la avaricia
rompe el saco, también lo hemos oído, se ha dicho por ahí, quizás lo dijo la
abuela en una reunión familiar pero lo dijo hace muchos años y ya no recuerdo
el contexto en que lo decía. Creo que se refería a otro, a los otros, no a mi,
ni a mi familia, nosotros somos buenos cristianos y respetuosos de la ley.
Pero
la ostentación, el aparentar lo que no somos, el querer subir dentro de las
escalas sociales tratar de emparejarnos con los poderosos, los guapos, los que
salen en el Hola, los que… los que admiramos o mejor dicho aquellos que la
publicidad promociona para que los hijos de vecinos, los paisanos admiremos e
imitemos en su vestir, en su andar en su poses, en su mundo falso y ostentoso.
Y de paso consumimos todos esos productos que venden en los comercios de las
grandes superficies, esos pequeños negocios que están cerrando, las franquicias
de nuestra clase media que se hunde con la crisis.
Hemos
vivido bien, hemos simulado ser lo que no somos, hemos vivido en un mundo
irreal que no era nuestro, que nos vendieron como necesario, que nos engañaron
para que compráramos algo que no necesitábamos, una irrealidad que ya se cae
por su propio peso. Ya no tenemos como mantener esa ilusión de ricos, de nuevos
ricos. Debemos volver a la realidad. A nuestro consumismo, al consumismo que si
era nuestro, muy propio de nosotros. Con-su-mismo zapato, con su mismo
pantalón, con su mismo coche diez años más, vacunados con nuestra vida sencilla
más independiente donde el cáncer de la publicidad no nos alcance.