Limitaciones de la mente.
Aunque
no lo creamos la mente puede ser nuestra amiga y ayudarnos en muchas ocasiones
o puede ser un freno a nuestra actividad porque nos previene de peligros, nos
evita situaciones, no nos permite correr riesgos, nos alerta sobre efectos
negativos muchas veces inexistentes, pero lo hace porque la hemos entrenado o
programado para eso.
En
múltiples ocasiones, hablando de nuestras costumbres en la mesa, las costumbres
higiénicas o la forma como nos vamos a dormir, hemos dicho cosas o las hemos
pensado y repetido muchas veces, ella, nuestra mente, nos ha escuchado y nos
cree, por ejemplo al decir:
- Si no como fruta no podré ir al baño…ni
cuando viajo en avión, ni cuando tengo mucho stress…
- La coliflor, el repollo y las papas me
inflan… Los granos y sobre todo las
lentejas me llenan de gases… No me gusta
el huevo o el ajo porque lo repito… Sin cebolla porque causa mal aliento…
- El picante me alborota las hemorroides.
- Si no tomo café me duele la cabeza, pero si lo tomo por la tarde no podré dormir…
- Tengo que bajar la persiana a tope, para
dormir con oscuridad total…
- Si no camino una hora no podré dormir…
- Si no es like no lo pruebo, tiene que
ser sin azucares añadidos o de dieta…
A veces son limitantes físicas reales, pero muchas
veces aprendidas o exageradas de un único episodio de la infancia, por eso
también decimos cosas como:
- No me puedo montar en una lancha o cosas
que se muevan porque me mareo…
- No puedo dormir la siesta porque la
hernia hiatal me produce reflujo…
- No puedo subir ahí por que sufro de
vértigo, ni meterme ahí por la claustrofobia…
Y
automáticamente la mente ordena al cuerpo comportarse según el protocolo o
programación establecida: sin fruta tendré estreñido, repollo con la barriga
enorme, si comí lentejas o garbanzos pendiente de que no haya nadie cerca por
los vientos olorosos, con dolor de cabeza por un café descafeinado, con sueño
pero sentado porque si me acuesto tengo reflujo y repitiendo toda la noche el
ajo de las gambas al ajillo que están de rechupete pero no debo volver a
comerlas y menos esas enchiladas que producen picazón. Y solo con caminar por
el muelle ya empiezo a marearme, o al entrar en un túnel o un ascensor sentirme
ahogado.
Si
a eso le sumo lo que corresponde a los gustos, o mejor dicho a lo que no me
gusta: ni los sesos, ni riñones, ni callos, ni criadillas, ¡Uf! nada de
vísceras… Tampoco me gustan las ancas de
rana, ni las ostras, ni las almejas, ni los oricios, ni las navajas, ni los
percebes, ni los caracoles, nada de eso tan feo. Muchas veces sin haberlas
probado. Ni la comida árabe porque comen quipe crudo. Y menos eso de carne
tártara… Ni lo mejicano por el picante, ni lo tailandés, ni lo hindú porque
todo tiene curry, ni la china porque comen
gatos y perros o me dijeron que es muy grasosa, ni la comida con comino
o con ajo porque causa mal aliento… ni la leche, ni el brócoli… Se hace difícil
salir a un restaurante.
Apartando
los casos patológicos o clínicos, con esta programación neuro-lingüística vamos
limitando nuestras alternativas de vida. Vamos poniendo barreras a las cosas
que puedo hacer, comer o vivir, con dificultades para dormir y descansar. Si
exageramos con nuestras “características fóbicas” nos resultará difícil
movernos fuera de nuestra cueva, salir de nuestra rutina, irnos de vacaciones.
Todo lo que altere nuestra rutina nos complicará la vida.
Si
somos más flexibles, tolerantes con los usos y costumbres, si tomamos riesgos y
probamos cosas nuevas podremos disfrutar de las vacaciones sin preocuparnos,
podremos dormir bien, sin importarnos la almohada o la cama dura, ir al baño
diariamente, desayunar huevos con beicon, comer conejo al salmorejo o cenar en
un restaurant tailandés o mejicano y subirnos a una lancha o a un camello sin
sufrir ni vértigos ni mareos. Y regresar dispuestos para el trabajo, “cansados”
de la novedad, descansados de la rutina, e inmediatamente empezar a planificar
nuestras próximas vacaciones.
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