lunes, 18 de enero de 2016

Limitaciones mentales

Limitaciones de la mente.
Aunque no lo creamos la mente puede ser nuestra amiga y ayudarnos en muchas ocasiones o puede ser un freno a nuestra actividad porque nos previene de peligros, nos evita situaciones, no nos permite correr riesgos, nos alerta sobre efectos negativos muchas veces inexistentes, pero lo hace porque la hemos entrenado o programado para eso.

En múltiples ocasiones, hablando de nuestras costumbres en la mesa, las costumbres higiénicas o la forma como nos vamos a dormir, hemos dicho cosas o las hemos pensado y repetido muchas veces, ella, nuestra mente, nos ha escuchado y nos cree, por ejemplo al decir:
- Si no como fruta no podré ir al baño…ni cuando viajo en avión, ni cuando tengo mucho stress…
- La coliflor, el repollo y las papas me inflan… Los granos y sobre todo las lentejas me llenan de gases… No me gusta el huevo o el ajo porque lo repito… Sin cebolla porque causa mal aliento…
- El picante me alborota las hemorroides.
- Si no tomo café me duele la cabeza,  pero si lo tomo por la tarde no podré dormir…
- Tengo que bajar la persiana a tope, para dormir con oscuridad  total…
- Si no camino una hora no podré dormir…
- Si no es like no lo pruebo, tiene que ser sin azucares añadidos o de dieta…

A veces son limitantes físicas reales, pero muchas veces aprendidas o exageradas de un único episodio de la infancia, por eso también decimos cosas como:
- No me puedo montar en una lancha o cosas que se muevan porque me mareo…
- No puedo dormir la siesta porque la hernia hiatal  me produce reflujo…
- No puedo subir ahí por que sufro de vértigo, ni meterme ahí por la    claustrofobia…

Y automáticamente la mente ordena al cuerpo comportarse según el protocolo o programación establecida: sin fruta tendré estreñido, repollo con la barriga enorme, si comí lentejas o garbanzos pendiente de que no haya nadie cerca por los vientos olorosos, con dolor de cabeza por un café descafeinado, con sueño pero sentado porque si me acuesto tengo reflujo y repitiendo toda la noche el ajo de las gambas al ajillo que están de rechupete pero no debo volver a comerlas y menos esas enchiladas que producen picazón. Y solo con caminar por el muelle ya empiezo a marearme, o al entrar en un túnel o un ascensor sentirme ahogado.
Si a eso le sumo lo que corresponde a los gustos, o mejor dicho a lo que no me gusta: ni los sesos, ni riñones, ni callos, ni criadillas, ¡Uf! nada de vísceras…  Tampoco me gustan las ancas de rana, ni las ostras, ni las almejas, ni los oricios, ni las navajas, ni los percebes, ni los caracoles, nada de eso tan feo. Muchas veces sin haberlas probado. Ni la comida árabe porque comen quipe crudo. Y menos eso de carne tártara… Ni lo mejicano por el picante, ni lo tailandés, ni lo hindú porque todo tiene curry, ni la china porque comen  gatos y perros o me dijeron que es muy grasosa, ni la comida con comino o con ajo porque causa mal aliento… ni la leche, ni el brócoli… Se hace difícil salir a un restaurante.
Apartando los casos patológicos o clínicos, con esta programación neuro-lingüística vamos limitando nuestras alternativas de vida. Vamos poniendo barreras a las cosas que puedo hacer, comer o vivir, con dificultades para dormir y descansar. Si exageramos con nuestras “características fóbicas” nos resultará difícil movernos fuera de nuestra cueva, salir de nuestra rutina, irnos de vacaciones. Todo lo que altere nuestra rutina nos complicará la vida.

Si somos más flexibles, tolerantes con los usos y costumbres, si tomamos riesgos y probamos cosas nuevas podremos disfrutar de las vacaciones sin preocuparnos, podremos dormir bien, sin importarnos la almohada o la cama dura, ir al baño diariamente, desayunar huevos con beicon, comer conejo al salmorejo o cenar en un restaurant tailandés o mejicano y subirnos a una lancha o a un camello sin sufrir ni vértigos ni mareos. Y regresar dispuestos para el trabajo, “cansados” de la novedad, descansados de la rutina, e inmediatamente empezar a planificar nuestras próximas vacaciones.

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