Ser considerado
Recuerdo que
eso lo decía mi madre, con mucha frecuencia y de diferentes formas: era parte
de la formación de los hijos, sobrinos, cualquier infante que estuviera bajo su
protección o su vigilancia. Era parte del proceso educativo, de eso que se
llamaba ser civilizado y de la buena educación.
Se usaba en
negativo:
-Muchacho
eres un desconsiderado, cuando el sujeto del regaño no tenía en cuenta lo que quería
su hermano o su amigo de juegos. -¡Que desconsideración! O ¡Qué falta de
consideración! Cuando se refería a alguien que realizaba una acción poco noble
con un prójimo. No cederle el asiento a una señora en el bus o no tener un
detalle de buena educación con otro ser humano. O tratar con desprecio a un
mendigo, muchos detalles que quedaban marcados con ese calificativo que iba
creando un baremo de que era lo malo, lo descortés, lo señalado como de mala
educación.
O en
positivo: Que considerado. Cuando el prójimo agraciado había demostrado buena
educación o buen trato a un prójimo. Y ser una persona “Considerada” era
sinónimo de buena gente. Valores impresos en la mente y en el corazón del
infante.
Parece que
esto ya no se usa, me refiero a lo de ser considerado, que equivale a tener
presente a los demás, ponerte en su lugar, no hacerle al prójimo lo que no
quieres que te hagan a ti. Todo en uno. En la iglesia nos repiten el
mandamiento de amar a tu prójimo como a ti mismo, pero a veces no identificamos
las acciones que deben demostrar ese amor.
Tiene
relación directa con la tolerancia, con el respeto, con la aceptación del otro
como persona. Está en contradicción directa con el “y tu mas” que usan nuestros
políticos, con el acusar de supuesto fallos, mal interpretando lo que dijo o
quiso decir el contrincante. Está en directa contraposición con los criterios
básicos de la publicidad y del márquetin clásico.
Enero
del 2016.
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