Leyendo a Arturo Pérez
Reverte el lunes pasado en “aguas españolas” me encontré con una descripción del
español, y del dilema de odiarlo o quererlo. Y esa dicotomía la describe de
esta manera: “buscar la parte divertida,
entrañable a veces, de lo que somos y de cómo somos. Y eso que tantas veces nos
condena, nos salva otras. Como no vas a querer a estos fulanos, me digo a
veces. Malditos españoles de las narices. Como no los vas a querer” y en el
artículo de este lunes describe una situación que ocurre en Formentera donde
tiene anclado su velero y ve un español que en una lancha pequeña ancla demasiado
cerca de un megayate inglés y ocurre un enfrentamiento donde los españoles que
son dos después de pedirle que nos devuelvan Gibraltar, terminan cantando “Soy
español, es-pa-ñol-es-pa-ñol” demostrando una actitud del tipo: “Éstas son aguas españolas y yo fondeo donde
me sale de los cojones” o dicho de otra forma muy de salirnos la raza: “que no,
tíos. Qué vais de culo conmigo. Que de aquí no me mueve ni la Guardia Civil” Y somos parte del problema y de la solución,
es que todos somos culpables porque terminamos apoyando esas animaladas, nos
quedamos con la parte divertida, promovemos
esos comportamientos porque al final nos gusta, reímos y aplaudimos que esos
dos paisanos manden a tomar por el culo a los ingleses… Viejas rencillas
medievales que todavía arrastramos y que toda Europa tiene presente en mayor o
menor grado.
Este mismo dilema, esta
admiración-odio lo reconozco y la he sentido en carne propia. Desde que estoy
en España, digamos que diez años, lo he presenciado en múltiples momentos.
Desde el español como chofer en una carretera donde conduce como le sale de los
huevos y agarrado en falta se rebela porque a él nadie lo riñe, nadie lo maneja,
nadie… Hasta cualquier paisano en un bar con el grupo de amigos que sentencian
sobre un asunto de cualquier naturaleza y que arremete contra cualquier otro
que opine lo contrario, o que opinó y ya se fue del bar, pero que queda la
estela de lo que osó decir ante el grupo y se queda rezongando en voz alta
sentenciando la ignorancia o estupidez del otro, del que se fue. Nos encanta
sentenciar. Cultura de vengador, de verdugo, juez supremo y único dueño de la
verdad.
Lo que ocurre en política es
también un reflejo de esto, hasta lo que nos ocurre en el futbol solo que tiene
un componente adicional de región, de localidad, de lo propio, de lo mío, mi
pueblo, mi equipo. Y los demás son los malos, los gentiles y herejes que no
saben de futbol, o de economía, o de política. Los otros no saben nada de nada.
Qué ejemplo tan claro de soberbia.
Tozudez que principalmente
es del varón ibérico, no veo en la mujer española tanta soberbia, tozudez o
intolerancia. Aunque como somos un país machista y la sociedad intenta mantener
a la mujer en segundo plano es quizás que no lo he visto o sufrido en persona.
Aunque tiendo a pensar que ellas no son así.
Creo que la solidaridad
española compite y gana a la tozudez aunque esta última es muy llamativa,
escandalosa y destaca en el espectro español. Este tozudo español pierde enfrentado
al inmenso voluntariado español en médicos sin frontera, en la cruz roja, en
UNICEF, como donante de órgano, adoptando huérfanos, bombero o como sacerdote o
monja, misionero, cooperante en cualquier lugar del mundo.
En toda iberoamérica hemos
heredado ese gen tan español, la tozudez. Y se puede ver ejemplos en lo que
ocurre tanto en Venezuela, Colombia, Ecuador, Nicaragua, Bolivia, Brasil,
México y antes en Chile, Argentina… en todos los países. Que herencia tan
jodida. Lástima que no heredamos también la generosidad y la solidaridad.
Octubre 2016
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