sábado, 3 de noviembre de 2018

Soy un optimista


No lo puedo evitar en cuanto me distraigo me pongo a soñar y me imagino lo bueno que sería que:
-        Que Cospedal renuncie a todo y se retire de la política
-        Que Casado reconozca que se equivocó.
-        Que Pablo Iglesias se quede mudo
-        Que Aznar empiece a hablar mal de Casado como lo hizo con Rajoy
-        Que de verdad suban el salario y las pensiones
-        Que de verdad entierren a Franco lejos de cualquier parte
-        Que Puigdemont regrese y lo metan preso
-        Que baje el precio de la electricidad, del gas y de la gasolina
-        Que la iglesia católica salga en defensa de los desahuciados
-        Que todos los independentistas empiecen a hablar solo en castellano
-        Que llegue el tren de alta velocidad a Asturias y Cantabria (esto último es para Revilla)
Pero no los quiero cansar podría seguir y seguir con muchos sueños que comparten muchos españoles. Pero hay uno especial que me gustaría relatarles, como se cuenta un cuento a un niño.
Había una vez una mujer, pequeñita, aunque los enemigos decían que tenía mala leche, pero no se le notaba, muy trabajadora, muy leal, casi siempre sonreía, la llamaban Soraya, su jefe siempre le dejaba los marrones que podían ser incomodos, difíciles, o largos de desenredar, pero ella aguantaba y se encargaba de lo que la ministro no hizo, de lo que el jefe no quería enfrentar, (eran muchos recuerden que PERIDIS en las viñetas siempre lo dibujaba echado en un sofá o una poltrona)  se ocupaba también de los desastres del gerente y tesorero, de la imagen pública del gobierno.
A pesar de todos sus esfuerzos al final de todo una moción de censura dejó fuera a su jefe, que se refugió rápidamente en un puesto con un sueldazo y la dejó sin puerta giratoria, encargada de poner orden y de enfrentar el lio interno del partido, con sus enemigos armados y queriendo venganza, con la vieja guardia arrogante que volvía por sus fueros, cortando rabo y oreja, sin jubilación especial porque ella solo era la vice y no tenía otros cargos remunerados a los que podría optar. Y la dejaron caer. Sin misericordia, pobrecita.
Meses después alguien de la oposición, bueno ahora del gobierno, su contrincante en muchas plazas le ofreció un puesto en el Consejo de Estado, algo que debería haber llegado de sus copartidarios, sus amigos de antes, pero de ellos no llegó. Y lo acepto y se quedó “como caimán en boca de caño” esperando, esperando su momento que ella sabía que llegaría…
Mi sueño sigue y cuenta que a comienzos de diciembre, en las elecciones andaluzas, donde en las últimas había ganado su partido, y donde su enemigo interno en el partido, Casado había jurado éxito total, la había cagado. No solo perdió, ni siquiera llegó segundo.
Las fieras de la vieja guardia empezaron a hablar mal, había cometido muchos errores, se había acompañado muy mal, sus antiguos colaboradores se voltearon, otros dijeron estar muy ocupados con sus pugnas regionales, y comentaban que había llegado su corto peregrinar en las alas de la derecha extrema. Adiós, adiós le dijeron en la directiva. Y se oían a risas, muchas risas, Soraya reía.
Los aduladores volvieron a aparecer, todos, poco a poco volvieron a saludar a mi protagonista del cuento, a invitarla, a comentar lo inteligente y sabía que era, lo prudente y lo sagaz, llenando el suelo y el espacio de babas y humores.
A que es un cuento bonito, con final feliz de aquellos que dicen: vivieron felices y casi todos comieron perdices, sobre todo Wyoming que es el único que compra sueños.

Michael Noviembre 2018

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