domingo, 13 de diciembre de 2020

El poder como nos gusta

 

¡Ay! El poder, lo mucho que nos gusta                                diciembre 2020

Hoy hablaré del poder pero sobre todo de lo que representa el poder y por qué es tan apetecido por muchas personas.  Normalmente para el común de los mortales el poder implica una pérdida de libertad. El “otro” al usar el poder disminuye mi libertad. Las normas, controles, leyes me quitan libertad, no me dejan hacer lo que me da la gana. Hay cosas que no están permitidas. Hay cosas que no puedo hacer y por eso normalmente sentimos que el uso de poder por parte del otro es una pérdida de libertad, me limita.

¿Quién tiene poder? El militar por las armas; el policía, que también tiene pistola y porque te puede detener; el aduanero porque te puede deportar o requisar el material o contrabando que traes en la maleta; el juez porque te puede multar, apresar o condenar; el cura, párroco, obispo porque te condena o te señala; el político cuando roba o cuando perjudica a otros porque influye y favorece a su amigo o a su partido. También lo ejercen en cierta medida todos los funcionarios públicos, el fiscal de hacienda, el que te atiende en un ministerio, el inspector de sanidad, el portero de discoteca, el jefe en el trabajo y en general todas aquellas personas que tratan con el público. Cada uno de ellos tiene una cuota de poder, pequeña unos, otros muy grande. Y algunos la usan poco y otros demasiado.

Como podemos observar siempre el poder ejercido por otro, ya sea funcionario público o no, lo interpretamos como malo, porque nos perjudica, está ahí para jodernos, o por lo menos coartar nuestra libertad. En cambio cuando el poder lo ejerzo yo que bueno es, que bien se siente ejercerlo. ¡Qué bueno tener privilegios!

Porque en el fondo lo que importa es tener privilegios, todo poder va asociado a algún privilegio y ejercer ese privilegio es lo que hace atractivo al puesto, el cargo que ejerces o el poder que te da tu posición social. Tener poder es poder ejercer un privilegio. Ya sea un puesto de estacionamiento con mi nombre, un lugar en la mesa, una oficina con mi nombre, una secretaria para darle ordenes, o algún subalterno que me llame doctor, aun cuando mi título sea de Harvard Aravaca (disculpen, no lo pude evitar) o alguien que me dice señoría al dirigirse a mi persona.

Les quiero recordar que además de los siete pecados capitales como la gula, la envidia, soberbia, avaricia, pereza, ira, lujuria. Están los nuevos pecados capitales del siglo XXI, el más importante es el ostentar privilegios y sobre todo el ejercerlos inadecuadamente es pecado mortal. (Benedictus dixit)

Mientras busquemos privilegios para tener poder o busquemos el poder para disfrutar de los privilegios estaremos siempre actuando contra el prójimo. Usar los privilegios es abusar del poder, es ejercer la desigualdad, es aprovecharse del prójimo, ponerme encima, pensar que soy mejor que el otro, es muy poco cristiano. Y no debe ser el objetivo de nadie. Por eso hay que eliminar los privilegios y rescatar la vocación de servicio donde el poder está al servicio de la gente. Donde el funcionario esta “sirviendo” no está privilegiado.

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