Recuerdos de una época: abril 2021
Era el año 1972, comenzaba el postgrado de Química en la
universidad Complutense, primera clase en un salón de mesas dobles y de
capacidad para unos cincuenta, con pizarrones enormes dobles para elevar el
primero hasta el techo y poder seguir con el segundo. Una barandilla que
separaba la zona de pupitres de la zona exclusiva del profesor que contaba con
un mesón de laboratorio y su gigantesca pizarra. Con entradas separadas, por un
lado entrabamos los alumnos a nuestra zona y el profesor por una pequeña puerta
a su zona exclusiva. (Primera diferencia, separados unos de otros)
Ya sentados los alumnos esperábamos, se oía los saludos
entre conocidos, el correspondiente zumbido de conversaciones, acomodo de
sillas y maletines sobre las mesas. De repente el bedel que había visto afuera
del salón entra dando una palmada y anuncia: “Ha llegado Don Enrique” y todos
hacen silencio y se ponen de pie. Me trajo a la memoria mis años de primaria y
bachillerato del colegio de Jesuitas, me quede esperando una oración inicial, típica
de aquella época, pero el profesor sin inmutarse, Don Enrique, catedrático famoso
de la facultad de ciencias con cara muy seria sin dirigirnos la mirada, indicó
que podíamos sentarnos. Cogió la tiza y se enfrentó a la pizarra y creo que no
volteo sino hasta tener la primera pizarra llena de ecuaciones diferenciales. (Segunda
diferencia)
No fijó la mirada en los alumnos hasta que media hora después
hice ruido para llamar su atención. Mi compañero de mesa me dice bajito, con
angustia en la voz, “cuidado, que se cabrea” mi cara de no entender lo obligó a
añadir: “no le gusta que lo interrumpan” pero al insistir, chasqueando los
dedos, se trató de esconder tapándose la cara con los brazos, para que el
profesor no lo reconociera por estar sentado al lado de este sudaca insensato.
Los catedráticos, estaban en otra categoría, no atendían preguntas
de los estudiantes, para eso estaban los adjuntos. (Tercera diferencia) Y hay
que reconocer que muchos lo hacía bastante bien, te ayudaban y respondían tus
dudas.
Era 1972, al final del franquismo, pero en pleno apogeo del
sistema de enseñanza donde el catedrático, culto, erudito y lejano todavía era
un dios, privilegiado con trabajo de por vida.
Había muchas contradicciones: El catedrático era muy poco asequible,
no era fácil hablarle o verlo, tenía sus obligaciones y en la facultad dictaba
clases magistrales en horario prestablecido, la seriedad era imprescindible,
herencia quizás de Felipe II, no lo sé, parece que nadie vio o ni se podían
imaginar un catedrático sonriente. La cara seria y el gesto adusto era parte de
la imagen, era lo esperado de un catedrático.
El profesor enseñaba, eso del aprendizaje era problema del
alumno. Los programas de las asignaturas se definían por aquello que debía “dictar”
el profesor. Unidireccional, usando la pizarra en el mejor de los casos. Todo
estaba centrado en el profesor.
El discurso, la gracia de esparcir el saber de un catedrático
no podía ser interrumpida, no se promovía la distracción, ni la confrontación,
cada quien debía entender todo por su propio esfuerzo, no se necesitaba la discusión
de los teoremas, hipótesis, o argumentos. La ciencia, el conocimiento debía ser
aceptado, porque venían de las fuentes
del saber, de los dueños y poseedores de la verdad absoluta: Prestad atención y
callad, podéis tomar notas si os apetece. Pero no interrumpáis al excelso. Un detalle
importante es que lo que el catedrático exponía en la pizarra era exactamente
lo que estaba en el libro. Por lo menos en el libro que yo tenía y que se podía
comprar en la misma facultad.
Creo que ha cambiado mucho, eso espero. La última vez que
pase a saludar, el año 2000 el catedrático era el antiguo adjunto.
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