Como saben los que me conocen me gustan los perros y
sobretodo el bóxer, que fue mi compañía en la niñez. Otro bóxer fue amigo, guardián
y compañero de juegos de mis hijos. Me
gustan los perros grandes, fuertes, de hocico chato, bóxer, bulldog, mastín,
dogos; pero hoy les hablaré del galgo. Perro flaco, de hocico largo, ojos
brotados y cuerpo alargado y casi esquelético, grandes velocistas y los crían para
hacer carreras de perros sustituyendo a los caballos. Y ahí los conocí, hace más
de treinta años en la isla de Margarita.
En un circuito parecido a un hipódromo con gateras para
perros, al sonar el timbre salían disparados tras de un conejo de peluche, se
pasaban unos a otros, se cansaba el primero, arremetía el tercero y al final
uno ganaba a toda velocidad, pagaban las apuestas y a la siguiente carrera. Los
perros son más pequeños que los caballos y a esa distancia no se apreciaba sino
una silueta de perro que pasaba por delante. Me pareció muy desagradable el
ambiente, el trato a los perros y a partir de ese momento decreté que no me
gustaban los galgos. Hasta ayer.
Paseando por la playa de Salinas, caminando descalzo, con
marea baja y muy poca gente, un paisano adelante a unos cien metros con un
perro pastor belga, esos negros, peludos, pinta de pastor con cara de malo. De
repente pasa a mi lado a la carrera un galgo de un color entre gris y marrón
claro, pero lo pude ver de cerca, elegante, veloz, orgulloso de su velocidad y de
su diseño aerodinámico, precioso el movimiento y lo más elegante que he visto
de un perro a la carrera.
Al verlo el pastor con ganas de jugar corrió para
alcanzarlo. Y empezó una persecución amigable, un espectáculo de movimientos y
velocidad, los dos perros, el galgo adelante y el pastor atrás, dieron unas
diez vueltas al circuito imaginario entre los dos paisanos y conmigo en medio.
Cada vez que el pastor se acercaba, el galgo aceleraba, al galope tendido iba
jugando con el pastor, aceleraba en las curvas como un coche fórmula uno pero
sin derrapar, una carrera alegre, con cada acelerada, con cada curva, parecía
que se reía, lo estaba disfrutando, un espectáculo de elegancia y de velocidad.
Que forma tan hermosa de correr.
Es todo un espectáculo ver correr a un galgo.
Michael 10 noviembre
2018